DESDE MIS ZAPATILLAS |
Apenas había superado la mitad del recorrido de la exitosa -a la par que asalvajada- carrera por montaña Tres Valles, cuando ya me había dado cuenta de que el cartelón de Vía Crucis, que adelanta la llegada a la Peña de Francia, sería más que fidedigno en mi caso -No, no..., no te sorprendas y vayas ahora de 'pro', que hasta el mismísimo Alfredo Gil tuvo su ración de pájara loca en la Sierra de Francia-.No era un novato (véase I Love Batuecas). Me había cansado de explicar las atractivas 'S' de la bajada de la Peña, de advertir de la peligrosidad de un último puerto diseñado para 'Paseos al otro lado', o de recordar aquel emanante calor de Batuecas... Pero yo seguía buscándola a ella. —¿Dónde estará la mesa?—, me atormentaba mi subconsciente, como tratando de distraerme de un segundo cortafuegos para el que mi sentido arácnido ya me prevenía de que no sería el definitivo...
Como vosotros, en las horas previas a la carrera, me había cansado de escuchar el término magnetotermia, pero sabía que en este caso poco o nada tendría que ver con interrumpir corrientes o reconducir flujos eléctricos... Me preparaba para lo peor, mientras terminaba de engullir la barrita y volvía a acelerar el paso en busca de ellas -la mesa y la magnetotermia-.
Giro a la derecha, ahora a la izquierda... Y un pedrera en la que cada roca señala un "busca tú el camino hasta la cima, que a mí me da la risa". Y vaya si lo buscas. Salto aquí, salto allá... Pero de la mesa, ni las patas oiga.
Así que, ya con el estómago encogido, pero con la voluntad firme y ya a cuatro apoyos -con dos no bastaba-, llegó a la cima recibido por un brisa de aire frío que para mi sorpresa no esconde una bienvenida con mantel de puntilla y la última creación de la 'nouvelle cuisine'. Nada. Y eso que la ceremonia de la mesa en Francia es Patrimonio Cultural de la Humanidad, con su 'Repas Gatronomique'. En este caso, un simple "31", y para abajo. —¿Habrá querido decir que somos 31 comensales?—, me vuelvo a preguntar.
Es más adelante, y ya entre el misticismo, la luz y 'el caldo' de Batuecas, cuando empiezas a experimentar la magnetotermia, hasta el punto que en mi caso, me siento a observar -y ya que va de franceses y delirios, me pongo a fortalecer mi fe, cual De Gaulle en su llamamiento a la resistencia de los galos en la Segunda Guerra Mundial-.
Portillos al margen, 'el paseo' hasta La Alberca, me sirve para que me desvelen una sierra repoblada con ciudadanos franceses en plena Edad Media -por aquello de la Reconquista o la aparatosa peste-. O quizá una leyenda correspondiente a un soldado napoleónico, en plena Guerra de la Independencia, al que le gustaba subir a la cumbre magnetotérmica a escribir memorias de una batalla.
Me agarro a esta última explicación bélica. La haré nuestra. La que justifique los 37 kilómetros y más de 4.000 metros de desnivel acumulado, desviados en nuestras cabezas por mesas, franceses o ranas. La avanzadilla de 3 horas y 25 minutos de Francisco Javier González, el ganador; o las casi 7 horas del último valiente. Al final, pura magnetotermia.










Eran otras batallas, en la actualidad, y pese a ir en deportivas, apenas armado con una malla y un bidón de agua -reutilizable y que nunca tocará el suelo [tranquilidad]- la guerra, cada vez menos fría y más caliente, se centra en luchar por conocer el denominado 'Control de impactos debidos al uso público' del ya denominado como Parque Nacional Sierra de Guadarrama.